Sunday, July 5, 2020

Jesus comes to us – Zech 9:9-10; Matt 11:25-30

Fourteenth Sunday in Ordinary Time, Year A; Moreau Seminary & St. Adalbert's parish.

One of my favorite “Bible quotes” that’s nowhere to be found in the actual Bible is “this too shall pass.” The first occurrence of that phrase in English seems to be in a nineteenth century English translation of Sufi poetry, and, in a speech in 1859, Abraham Lincoln claimed that an unidentified “Eastern monarch” had charged his sages to come up with an adage that would be true and appropriate in all situations, and that what they had offered him was this: “this too shall pass.”


It’s nowhere in the Bible, but I think it would have resonated with Zechariah up to a point. It’s actually really hard to pin down quite what time period this oracle comes from, because its sentiment is so universal and so powerful. Whatever is going on in your life right now, whatever afflicts you, whomever you miss right now: this too shall pass. But Zechariah wouldn’t stop with “this too shall pass.” Because he has faith that he can tell us what will come, better who will come, maybe not when “this” passes, but after the next this and the next this and maybe a few more “this”s… eventually, the Messiah will come. And his presence will not pass away. All oppression, all division, all hatred, all disease: this too shall pass. Not because nothing really lasts that long and everything passes away at some point. No, because the Messiah will come and cast out everything that is not of God. And the Messiah’s presence will not pass away. He comes meekly, he comes humbly, but he also comes victorious, he comes as a savior.

But the picture we get from Zechariah is not a cute picture, or even a pretty picture, or an easy picture. It talks of the Messiah coming and, in our translation, banishing the horse, and the chariot, and the warrior’s bow. And “banish” is kind of the Vege-tales translation. The Hebrew literally reads “cut off” and the Greek has “destroy utterly.” God cast horse and chariot into the sea once, and He’ll do it again, Zechariah says. Only this time it’ll be our horses, our chariots, our warriors’ bows too. He’ll do that because we won’t need those things anymore, because he’ll speak peace to the nations and this time, this final time, his word will not come back empty. We won’t need to fear chariots or horses that oppose us, but we won’t get to keep hold of ours either. That should be good news. That is good news! The Messiah is coming and we won’t need to fear. Whatever leads us to fear or anxiety will be cut off, destroyed completely. But whatever we rely upon that isn’t God will also be at least banished, more likely cut off, destroyed completely. And how we feel about that might depend a little on how attached we are to the things we rely on that aren’t God.


In our gospel, Jesus, the Messiah, says that it’s to the little ones, and not to the wise or the learned, that the good news has been revealed. This passage from Matthew’s gospel comes right after the Woes with which Jesus laments over Jerusalem, which has, by and large, rejected his message, not welcomed their Messiah as they might. The wise and learned don’t get it, but the little ones might. If the good news is that all the chariots and horses are getting banished, it’s easier to be a little more skeptical when you have lots of chariots and horses. And when I think about chariots and horses that sounds very ancient and interesting and I can say, thank God that’s not my struggle, but when Jesus points not to stuff but to smarts as what can keep people from welcoming him, from longing for his return, that stings a little more.

And in the Gospel, the Messiah who has come and will come again, says that you don’t have to just sit there waiting for “this” to pass (whatever “this” is that afflicts you), “Come to me.” He’s coming. He’s running to us faster than we ever could, but he at the same time bids us turn and come to him. And it’s tough to do that when we’re clinging to chariots and horses, when we’re clinging to learning and smarts, when we’re clinging to status and privilege and whatever we rely on that isn’t God. When we’re not the little ones.

So, how do we come to him? The one who’s coming, victorious, meek and humble. We come to him in that same humility, and part of that means recognizing our weakness, that we can’t do this alone, and asking God to act. Humility does not mean denying that the gifts we have are gifts. It’s a false humility that denies our giftedness. Humility has as its foundation gratitude. It’s in giving thanks for our gifts that we recognize them as gifts and strengthen our relationship with the giver. But humility doesn’t stop with our gifts. It also means giving thanks for the gifts of others, especially those we may be tempted to dismiss. And it means recognizing that our gifts are not given to us to cling to, but to be spent, on the needs of the Church and the world, as our vow formula puts it, or, in language which we celebrate this time of year: with a firm reliance on the protection of divine providence, we mutually pledge to each other, especially to those humbled not through choice, to those not victorious, to the little ones, our lives, our fortunes, and our sacred honor, in short, our gifts. Happy dependence Sunday!

Christ is coming. We depend entirely on that, and we turn to him as he comes by turning to the least, and humbly recognizing our profound mutual dependence.



Una de mis "citas bíblicas" favoritas que no se encuentra en ninguna parte de la Biblia real es "esto también pasará". En un discurso antes de hacerse presidente, Abraham Lincoln afirmó que un "monarca oriental" (sin nombre) les había pedido a sus sabios de inventar un adagio que sería cierto y apropiado en todas las situaciones, y que lo que le habían ofrecido era esto: "esto también pasará".

No está en ninguna parte de la Biblia, pero creo que habría resonado con Zacarías hasta cierto punto. es realmente difícil determinar de qué período de tiempo proviene este oráculo, porque su sentimiento es tan universal y tan poderoso. Pase que pase en tu vida ahora mismo, lo que sea que te aflija, a quien sea que extrañes en este momento: esto también pasará. Pero Zacarías no se detendría con "esto también pasará". Porque tiene fe, puede decirnos que vendrá, mejor quién vendrá, tal vez no cuando "esto" pase, pero después del próximo esto y el próximo esto y tal vez algunos "esto"s más ... eventualmente, el Mesías vendrá. Y su presencia no pasará.

Toda opresión, toda división, todo odio, toda enfermedad: esto también pasará. No es porque nada dura tanto y todo fallece en algún momento. No, es porque el Mesías vendrá y echará todo lo que no es de Dios. Y la presencia del Mesías no pasará. Él viene mansamente, viene humildemente, pero también viene victorioso, viene como un salvador.

Pero la imagen que obtenemos de Zacarías no es una imagen linda, ni siquiera una imagen bonita, ni una imagen fácil. Habla de la venida del Mesías y, en nuestra traducción, hace desparacer el caballo y el carro de guerra y rompe arco. El verbo en hebreo es lo mismo. También, podríamos traducir "destruye por completo". Dios arrojó caballo y carro al mar una vez, y lo volverá a hacer, dice Zacarías. Solo que esta vez serán nuestros caballos, nuestros carros, los arcos de nuestros guerreros también. Lo hará porque ya no necesitaremos esas cosas, porque Él hablará paz a las naciones y esta vez, esta última vez, su palabra no volverá vacía. No tendremos que temer a los carros ni a los caballos que se nos oponen, pero tampoco podremos mantener los nuestros.

Eso debe de ser buenas noticias. ¡Esas son buenas noticias! El Mesías vendrá y no tendremos que temer. Cualquier cosa que nos lleve al miedo o la ansiedad se destruirá por completo. Pero si dependamos de algo que no es Dios, esto también será destruido por completo. Y cómo nos sentimos al respecto podría depender un poco de cuán apegados estamos a las cosas en las que confiamos que no son Dios.

En nuestro evangelio, Jesús, el Mesías, dice que es a los sencillos, literalmente, a los bebés, y no a los sabios o los entendidos, que las buenas nuevas han sido reveladas. Este pasaje del evangelio de Mateo llega justo después de la lamentación de Jesús sobre Jerusalén, que, en general, rechazó su mensaje, no dio la bienvenida a su Mesías como podrían. Los sabios y los entendidos no lo entienden, pero los sencillos, los bebés sí. Si la buena noticia es que todos los carros y caballos estarán destruidos, es más fácil ser un poco más escéptico si tiene muchos carros y caballos. Y cuando pienso en carros y caballos… suenan muy antiguos y puedo decir, gracias a Dios esa no es mi lucha, pero cuando Jesús señala no cosas sino inteligencia como lo que puede evitar que las personas lo reciban, anhelen su regreso, eso pica un poco más.

Y en el Evangelio, el Mesías que ha venido y volverá, dice que no tenemos que esperar hasta que "esto" pase (lo que sea que nos aflija), "Vengan a mí". Él está viniendo. Está corriendo hacia nosotros más rápido de lo que podríamos, pero al mismo tiempo nos pide que nos volvamos y nos acerquemos a él. Y es difícil hacerlo cuando nos aferramos a carros y caballos, cuando nos aferramos al aprendizaje y la inteligencia, cuando nos aferramos al estatus y privilegio y lo que sea que dependamos que no es Dios. Cuando no somos los sencillos.

Entonces, ¿cómo llegamos a él? El que viene, victorioso, manso y humilde. Venimos a él con humildad, y parte de eso significa reconocer nuestra debilidad, que no podemos hacer esto solos y pedirle a Dios que actúe. La humildad no significa negar que los dones que tenemos son dones. Es una falsa humildad que niega nuestro talento. La humildad tiene como fundamento la gratitud. Es en dar gracias por nuestros regalos que los reconocemos como dones y fortalecemos nuestra relación con el dador. Pero la humildad no se detiene con nuestros dones. También significa dar gracias por los dones de los demás, especialmente de aquellos que podemos tener la tentación de descartar. Y significa reconocer que nuestros dones no se nos dan para aferrarnos, sino para gastarlos. Las palabras de la declaración de independencia son muy adequadas:  con absoluta confianza en la protección de la Divina Providencia, empeñamos nuestra vida, nuestra hacienda y nuestro sagrado honor. ¡Feliz domingo de dependencia!


Cristo viene. Dependemos por completo de eso, y nos volvemos hacia él cuando viene, por volvernos hacia los más mínimos y reconociendo humildemente nuestra profunda dependencia mutua.


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